EL EJEMPLO DE LOS PADRES
"No se enseña lo que se sabe ni lo que se dice: se enseña lo que se hace".
Por este motivo, es un elemento fundamental
e insustituible en la educación de los hijos el ejemplo
diario
de las personas más cercanas, es
decir, el testimonio vivo de la familia, principalmente
y como es
lógico,
el de la madre y el padre.
El ejemplo no es una mera lección
teórica que el niño recibe
y, sin solución de continuidad, le
"resbala",
sino algo vivido y sentido, así como una forma de actuar ante tal
o cual situación concreta y real.
Con la adolescencia la inteligencia del niño adquiere
normalmente una cierta madurez. Por este motivo,
el ejemplo diario de los padres puede llegar a adquirir
una especial importancia cuando el hijo o la hija
se van
convirtiendo en adolescentes
Son los hechos los que cuentan y las palabras
son contraproducentes sí hablan un lenguaje
que
los
hechos desmienten. Y cuando la vida de los padres llega a constituirse
(para el niño, el adolescente o el
joven)
en modelo digno
de ser considerado y seguido
para "cuestiones básicas
de la vida", puede
surgir
cierta admiración;
admiración que en la mayoría de los casos no se expresa
con palabras ni, tal vez,
se
aprecia a corto plazo, pero que ¡ahí está!,
como el ejemplo. De ahí la necesidad de que sea la propia vida
de
sus elementos referenciales más próximos la que en estos
años "predique"... con el ejemplo.
Y de esa oculta admiración
puede nacer espontáneamente el respeto
y de éste la obediencia.
Obediencia
que debería, a su vez, ser correspondida
con la moderación y la justicia de los padres
en el
ejercicio
de la autoridad.
No nos engañemos: en la infancia, porque no
comprenden nuestros sermones; en la adolescencia,
porque
no quieren escucharlos y en la juventud, porque los consideran
anticuados, el caso es que lo que
les
digamos siempre tendrá un valor relativo, infinitamente
más limitado que el de lo que
les podamos
presentar
a través de nuestros actos.
Lo que no aceptan los hijos es que les pidamos que digan la
verdad y vean que nosotros mentimos,
que
les exijamos que sean respetuosos con los
demás (empezando por los más
próximos) y vean que
nosotros
no tenemos la menor consideración hacia nadie o casi nadie.
Pretendiendo ser realistas, se debe dejar constancia de algo
que machaconamente se viene repitiendo
y
que vemos habitualmente aquellos que estamos en el mundo de
la educación y más cercanos a vuestros
hijos;
y no se trata en modo alguno de eludir la parte de responsabilidad que le
atañe al centro educativo.
Si la familia consigue en su hijo
esos imprescindibles pilares básicos
de su construcción integral como
persona,
es decir, su ineludible formación
en valores, entonces el centro educativo podrá y deberá
comple-
mentarla.
En caso contrario será prácticamente imposible.
Además el mismo centro afrontará
también
(y
paralelamente) la otra formación,
"la académica", con mayores garantías
de éxito.
Para concluir, digamos que el ejemplo es de vital importancia
y además es perfectamente compatible
con
las limitaciones de cada uno, así nadie
(madre, padre,... profesorado) tendrá disculpas para no actuar.
Pero todo ello se conseguirá cuando tanto padres como centros educativos
tomemos conciencia de que
la
transferencia de información y confianza
entre ambos ha de ser recíproca
y, sobre todo cuando
tomemos
conciencia de que tal proceso
es de todo punto imprescindible.